jueves, 21 de febrero de 2013

JESÚS Y SU ANUNCIO DEL REINO DE DIOS


JESÚS Y EL REINO DE DIOS

     «Jesús recorría toda Galilea, enseñando en sus sinagogas. Anunciaba la buena noticia del reino y curaba las enfermedades y dolencias del pueblo» (4,23). Así relata el evangelio de san Mateo el comienzo de la actividad de Jesús tras haber elegido a sus primeros discípulos.

     «La buena noticia del reino» es una expresión que podría sintetizar la vida entera de Jesús. A la luz del acontecimiento pascual, toda su existencia se comprende como una vida entregada al servicio del reino de Dios, a su anuncio y a su realización. Sus palabras (predicación y enseñanza) y sus obras (acciones y gestos) solo se entienden en relación con este «reino de Dios» (expresión típica de los sinópticos, en Mt también «reino de los cielos» [expresión común también entre los rabinos del siglo I]; el cuarto evangelio emplea una denominación distinta: «vida eterna» o simplemente «vida»).
     La esperanza en la llegada de este reino era muy antigua en Israel, no es invención de Jesús. Lo que sí es específico suyo es su comprensión y, sobre todo, su vinculación con su propia persona. Estando Juan Bautista en la cárcel, envió a unos discípulos suyos a preguntar a Jesús: «)Eres tú el que tenía que venir, o hemos de esperar a otro? Jesús respondió: “Id a contar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la buena noticia”» (Mt 11,3-5). En Jesús se cumplen, según la interpretación cristiana, las expectativas más profundas del antiguo Israel (cf. Is 35) y las de la humanidad entera. Él es quien, ungido con el Espíritu de Dios, ha venido a «anunciar la buena noticia a los pobres... a proclamar la liberación a los cautivos y dar la vista a los ciegos, a libertar a los oprimidos y a proclamar un año de gracia del Señor» (Lc 4,18-19).
     Las expresiones que se utilizan en los evangelios son la formulación simbólica de la felicidad y la realización humana de aquella época. Hoy nos tocaría hacer una traducción equivalente, de manera que pudiéramos seguir diciendo que Jesús es aquel en quien todas las personas alcanzan la plenitud de sus vidas, y en especial aquellas a quienes la vida, el pecado de este mundo, se lo niega: pobres, enfermos, marginados, emigrantes, drogadictos..., los «endemoniados» y «leprosos» de este mundo, los que, aun estando vivos, en realidad están muertos porque a sus vidas se las ha privado de sentido y de esperanza.

«Anunciaba la buena noticia del reino...»

     Jesús aparece en los evangelios como un predicador itinerante, con algunos lugares estables de referencia. Por su predicación, hay quienes van creyendo en él ()muchos?). Con estos, el grupo de los discípulos, establece una relación más intensa, acompañada de una instrucción más profunda. Distinguimos así dos niveles en su anuncio del reino, uno más general y otro más íntimo, centrados ambos en dos puntos claves de referencia: la conversión (Mc 1,14-15) y el seguimiento (aunque no en todos los casos ha de darse de la misma manera: Mc 5,18-19).
     La predicación de Jesús se ha recogido en los evangelios en distintas formas: una más global, mediante el empleo de recursos pedagógicos populares (por ejemplo, las parábolas), y otra más específica, con discursos más teóricos y sistemáticos (sirvan de ejemplo el sermón de la montaña en Mateo o los discursos en Juan).
     Cuando Jesús habla del reino lo hace de un modo figurado. El reino es algo que desborda la pura realidad humana, pues es Dios quien de verdad lo hace posible. Por eso solo se puede hablar de él con imágenes: «Sucede con el reino de los cielos lo que con... (un grano de mostaza, la levadura, una red, un rey que celebraba la boda de su hijo, unas jóvenes que esperaban al esposo, un hombre que se ausentó de su casa...)». Las parábolas de Jesús nos hacen saltar de lo cotidiano a lo extraordinario, de lo conocido a lo desconocido, de la vida de los hombres a la vida de Dios.
     Si nos centráramos en la enseñanza de las parábolas de Jesús podríamos decir del reino que:
     — Es lo más importante para la vida de las personas. No hay mayor ganancia que el reino de Dios, y mejor inversión que dejar todo por él; acumular otro tipo de riquezas es una actitud insensata (Lc 12,16-21) y dificulta el seguimiento de Jesús (Lc 14,28-32), haciendo imposible el servicio a Dios (Lc 16,1-13). Se impone por tanto la radicalidad, pues el reino es semejante a un tesoro o a una perla (Mt 13,44-45), quienes los encuentran venden todo lo que tienen con el fin de comprarlos. No obstante hay también quienes lo rechazan, son como esos invitados a la boda del hijo del rey que no acuden a la fiesta (Mt 22,1-10 par.). En ese caso el banquete, el reino, se les ofrecerá a otros, que habrán de ir con un traje adecuado (Mt 22,11-13).
     — Es pequeño y débil, pero, sin saber bien cómo, crece sin detenerse y va transformando todo a su paso. Es como un grano de mostaza (Mc 4,30-32 par.), como una semilla (Mc 4,26-29), como la levadura (Mt 13,33 par.). No obstante, su progreso, aunque lento, se manifiesta mediante signos que hay que comprender, como se sabe que el verano está ya cerca porque los brotes de la higuera han comenzado a salir (Mc 13,28-29 par.).
     — Necesita una buena tierra donde arraigar. Pues se parece a un sembrador que siembra buenas semillas (Mc 4,3-8 par.), no todas caen en buen terreno y se pierden algunas, pero otras producen fruto, unas más y otras menos. Las diferentes alternativas en la vida, la falta de constancia en las dificultades, las múltiples ocupaciones, etc. pueden hacer que se malogre la semilla del reino que Dios ha puesto en las personas.
     — Requiere un proceso de maduración para el momento final. Es semejante a un trigal con cizaña (Mt 13,24-30), del que habrá que esperar hasta el tiempo de la siega para poder separar el trigo de las malas hierbas. A una red con peces buenos y malos (Mt 13,47-50), que después se seleccionarán en el puerto. El bien va creciendo en medio del mal, pero hay que esperar hasta el final para ver el resultado definitivo. Solo entonces recibiremos el fruto de nuestras obras (Mt 25,31-46). Por eso, habrá que estar siempre vigilantes y no descuidar la atención, porque no sabemos ni el día ni la hora de este momento (Mc 13,32-37 par.; 25,1-13; Mt 24,43-44 par.).
     — Su artífice es el Padre por medio de Jesús, su Hijo, que, aunque será rechazado, como ya ocurrió con otros enviados divinos, va a convertirse en «piedra angular» (Mc 12,1-11 par.). El anuncio de Jesús no siempre va a tener buena acogida, pues sus oyentes son como esos niños que no bailan cuando se toca la flauta o no lloran cuando se entonan lamentos (Mt 11,16-19).
     — Su entrada en él está garantizada para quienes cumplan la voluntad de Dios, para los hijos obedientes (Mt 21,28-32). En cambio lo tienen muy difícil los que su fidelidad está solo en los labios pero no en el corazón ni en la vida (Lc 13,22-30; 18,9-14). Estos son como la higuera estéril que habrá que cortar (Lc 13,6-9), como el siervo que al irse su amo no cuida de la hacienda (Mt 24,45-51 par.), como el que recibió unos talentos y no los hizo producir (Mt 25,14-30 par.).
     — El rey de este reino es justo y misericordioso, no hay que mendigar su generosidad ni su justicia (Mt 20,1-16; Lc 11,5-8; 18,1-8) y exige de sus súbditos las mismas cualidades. Por eso, entrarán en su reino quienes perdonen y se compadezcan de los necesitados (Lc 7,36-50; 10,30-37), no así los que se muestren duros con ellos (Mt 18,23-35; Lc 16,19-31).
     — Y el rey no solo se muestra misericordioso y justo con quienes le aman y respetan, sino también, y en ello pone Jesús mucho énfasis, con aquellos que le han abandonado, que son «pecadores». Ante todo es un pastor que busca la oveja que se ha extraviado (Mt 18,12-14 par.), una mujer que barre concienzudamente la casa en busca de la dracma que había perdido (Lc 15,8-10), un padre que espera ansioso el regreso del hijo que se había marchado (Lc 15,11-32).
     Así es el reino de Dios conforme a las imágenes que Jesús utiliza en las parábolas.

«... y curaba las enfermedades y dolencias del pueblo»

     El texto mateano que citábamos al comienzo nos refiere también que Jesús curaba a los enfermos. Más adelante, en el desarrollo del evangelio, esta afirmación tan general se va concretando en curaciones precisas: sana a un leproso, al siervo de un oficial romano, a la suegra de Pedro, expulsa demonios, etc. Todos los evangelistas son concordes en este tipo de testimonios. Y a estas «acciones» de Jesús que acompañan su predicación se las denomina normalmente «milagros».
     Una mala comprensión de los milagros podría hacer que leyéramos estas referencias en un sentido diferente al que fueron compuestas. Esto nos haría distorsionar el mensaje de los evangelistas sobre Jesús. Es como si una pieza musical la interpretáramos en una clave distinta a la que fue escrita; puede que el resultado hasta quedara bien, pero ciertamente no sería lo que compuso el autor. Veamos pues qué son estos «milagros» y que función ocupan en los relatos evangélicos.
     Un «milagro» es, ante todo, para nosotros un fenómeno raro, extraño, que sucede al margen de las leyes de la naturaleza. Una enfermedad grave, incurable, que desaparece sin intervención humana y sin saberse cómo. Un rayo que cae sobre una persona, sin que le ocurra nada. Un cadáver que vuelve a la vida. Casos similares y más insólitos aún se dan en toda la Biblia: Josué manda parar el sol, y se detiene (Jos 10,12-13); una mujer estéril y ya anciana queda encinta (Sara: Gén 18,9-14; Isabel: Lc 1,5-13); unos jóvenes son arrojados a un horno encendido y no les ocurre nada (Dan 3,8ss)...
     Cuando leemos los evangelios, nos encontramos a cada paso que Jesús hacía prodigios similares, incluso resucitaba muertos y expulsaba demonios.
     Pero estos «milagros» que tanto llaman nuestra atención por su rareza eran vistos por la gente de aquella época como casos corrientes y muy naturales. De hecho, también fuera del ámbito bíblico ocurrían fenómenos similares que eran adjudicados a los dioses o al poder de sus intermediarios. Por ejemplo, en el gran santuario de Asclepios (o Esculapio) en Epidauro se nos cuentan multitud de casos de curaciones, y muy detalladas algunas de ellas, por ejemplo: Una mujer que dio a luz, tras acudir al templo, después de cinco años de embarazo; un hombre que solo podía mover un dedo de la mano y salió curado; una mujer tuerta que pudo ver con el ojo enfermo; etc. Del filósofo Apolonio de Tiana se narran veinte milagros: resucita a un muerto, cura a un enfermo de rabia, expulsa demonios, libra a la ciudad de Éfeso de la peste dominando al demonio que la causaba, se tranquiliza el mar cuando él navega, se traslada inmediatamente de una ciudad a otra... Estos casos ilustran, en primer lugar, cómo los relatos de milagros, tan extraños para nosotros, no resultan tanto en la época en que se componen los evangelios.
     Se nos plantean ahora algunas cuestiones: )Ocurrían de verdad estos fenómenos? )Puede una mujer estar embarazada durante cinco años sin dar a luz? )Puede alguien resucitar a un muerto o hacer que el mar se calme a su paso?... Si esto es así, )por qué conceder más valor a los milagros de Jesús de Nazaret que a los de Apolonio de Tiana?
     La clave para responder a estas preguntas está en determinar cuál era la interpretación que se hacía entonces de estos fenómenos y la función que tenían los relatos que los cuentan. Esto, en contraste con los textos evangélicos, puede arrojar luz sobre los «milagros» de Jesús.
     Estos prodigios se narraban para engrandecer la imagen del dios o de sus intermediarios; algunos de ellos se cuentan con clara intención apologética: se obran con incrédulos para quitarles la razón y mostrarles su necedad.
      )Cómo eran los milagros de Jesús? )Ocurrieron tal como se cuentan?
    Sin duda la predicación de Jesús iba acompañada con la realización de algunas acciones «extraordinarias» (pues de lo contrario no habría sido acusado por sus adversarios de hechicería). En cada cultura y en cada época lo extraordinario adquiere un matiz diferente. Lo importante, en todo caso, es la interpretación que de ellas hacían quienes las contemplaban: en unos provocaban la fe y en otros el rechazo. Los evangelistas se sitúan en el primer caso y desde ahí hacen su lectura de los hechos. Después, a la hora de contárnoslos, emplean la forma literaria común en su época para narrar casos similares; luego no debe extrañarnos que los milagros de Jesús resulten parecidos a los que realizaban otros personajes de la antigüedad, porque se narraron del mismo modo.
     Pero, como se ha dicho, lo más importante es la interpretación de estas «acciones». La realización de un fenómeno extraño y prodigioso no era, ni puede ser nunca, un testimonio evidente de que se realiza con el poder de Dios. De hecho, los adversarios de Jesús le acusan de hacer milagros con el poder de Beelzebul (Mc 3,22 par.). El Talmud de Babilonia, del siglo IV, recoge una referencia sobre Jesús y dice de él que «practicó la hechicería y sedujo a Israel». Como puede verse, en el ambiente en que Jesús vivió, hacer milagros no era un signo evidente de que se obraba con la fuerza divina (cf. Hech 8,9-11).
     En los evangelios, los milagros de Jesús tienen la función principal de testimoniar en favor de su palabra, y también, aunque en segundo término, la de mostrar su bondad misericordiosa, que es la de Dios en última instancia. No buscan otras pretensiones, como: el propio interés (ni siquiera su propia defensa: Mt 26,53), la satisfacción de la concurrencia (espectáculo), la glorificación del protagonista o la supresión de las necesidades materiales (comer, erradicar enfermedades...). Con ellos se pretende despertar y aumentar la fe en la misión divina de Jesús. Los milagros son, ante todo, «señales», «signos».
     En la medida en que están en relación con la palabra de Jesús (su predicación, su enseñanza) no pueden separarse de ella. Son signos que «significan» lo que su palabra proclama: el anuncio de la buena noticia a los pobres. Muestran, realizan lo que la palabra dice; al tiempo que esta palabra discierne lo que los milagros manifiestan.
     Entre otras cosas manifiestan la «autoridad» (exousía) de la palabra de Jesús, que se ve así correspondida con la «fuerza» (dynamis) de su actuar. Los letrados no tenían esta autoridad en su doctrina, y su actuar estaba carente igualmente de poder (Mc 1,21-22 par.). Por eso, a sus discípulos, Jesús los envía a predicar con poder (para expulsar demonios, por ejemplo: Mc 3,13-15). El milagro expresa, ante todo, la eficacia de la palabra de Jesús (y la de sus discípulos cuando actúan en su nombre: Hech 3,1-7), una eficacia que salva.
     Como signos eficaces y expresivos, los milagros manifiestan el poder de Jesús a diversos niveles:
     — Su dominio sobre el mal, sobre su origen: el pecado (Mc 2,1-12 pp); sobre sus agentes: los espíritus impuros (Mc 1,23-27 par.), y sobre sus consecuencias: la enfermedad (Mc 1,32-34 par.), la impureza que margina (Mc 1,40-44 par.), la naturaleza hostil (Mc 16,18), la muerte (Jn 11,1-44).
     — Su autoridad sobre el sábado, sobre la Ley (Mc 3,4-5 par.; Lc 13,10-16; 14,1-6).
     — Su mesianismo y su estrecha vinculación con Dios (Mt 14,22-33; Jn 7,31; 10,24-30).
     — Y junto al poder de Jesús, el de aquellos que han puesto su fe en él, solo quienes confían en Jesús son beneficiarios de sus milagros (Mc 7,24-30 par.; Mt 8,5-13 par.).
     Los milagros tienen además una carga religiosa hoy menos perceptible. En el contexto judío los sufrimientos son castigos de Dios por un pecado (Jn 9,1-2). Los beneficios de la fuerza sanadora de Jesús deberían recaer en los justos, no en los pecadores. El poder de Jesús es el de Dios regenerando al hombre; no es solo la curación de una enfermedad. En este sentido, Jesús va aparentemente en contra de los designios divinos; de ahí la acusación de obrar milagros con el poder de Beelzebul (Mc 3,22ss).
     Su fuerza, no obstante, no es probatoria contra los incrédulos, no se pretende violentar su incredulidad. Donde Jesús no encuentra fe en su misión no hace ningún milagro (Mc 6,1-6).
     Los milagros son, en síntesis, las acciones de Jesús en favor del reino, hacen presente lo que anuncia en su predicación; manifiestan lo que la fuerza de Dios está obrando por medio de él, expresan su verdadera misión: anunciar la buena noticia a los pobres, proclamar la liberación a los cautivos, dar la vista a los ciegos, libertar a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor (Lc 4,18-19). Evidencian que el reino que anunciaron los profetas se cumple ya ahora en la persona de Jesús (Mt 11,4-5).
     Pero los milagros son signos, y por eso el mayor milagro de Jesús fue su muerte y resurrección. Porque fue el signo con el que mejor expresó el sentido de su misión, su mesianismo. En la cruz se revela su radical obediencia al Padre, y en la resurrección la absoluta fidelidad de Dios a su hijo. Las apariciones son los «signos» que hacen visible la nueva realidad gloriosa del crucificado, muerto por el poder del pecado, y vivo ahora para siempre por el poder de Dios.

«Anda con pecadores y come con ellos» (Lc 15,2)

     De los milagros decíamos que son «signos», algunos de ellos materializados en fenómenos extraños, cuya rareza o singularidad depende de cada época y de cada cultura. Pues bien, uno los signos que Jesús hacía, que podemos calificar también de milagro, en su sentido de «signo que expresa y hace presente el reino», eran sus comidas con los pecadores. Este modo de obrar resultaba profundamente extraño y chocante en su época, aunque hoy nos parezca algo normal.
     El reino de Dios es frecuentemente simbolizado con la imagen del banquete. En dos parábolas recogidas en el evangelio de Mateo se compara al reino con un banquete nupcial. En la primera (Mt 22,2-14; cf. Lc 14,15-24), un rey organiza un convite porque se casa su hijo. Invita a mucha gente, pero ninguno acude; incluso sus mensajeros son maltratados. El rey, indignado por la actitud de los invitados, se deshace de ellos y manda a sus criados que salgan a los caminos e inviten a cuantos pasan por ellos, buenos y malos. Al final, la mesa se llena de comensales. En la segunda (Mt 25,1-13), se relaciona con la boda de diez muchachas, unas son previsoras y, como tarda en llegar el novio, se proveen de aceite suficiente para sus lámparas, otras, en cambio, no lo hacen así; y cuando llega el novio, las primeras entran con él al banquete de bodas, las otras se quedan fuera y no pueden entrar.
     La parábola de la boda del hijo del rey es clave para interpretar las comidas de Jesús con los pecadores como signo («milagro») del reino. Estas comidas forman parte de un contexto polémico: el enfrentamiento de Jesús con los «piadosos» judíos, con los «buenos». Si Jesús fuera el auténtico mesías debería estar con ellos y no con los pecadores (Lc 7,36-50); debería bendecir y premiar su «justicia» y no prodigarse con la gente de mala reputación (Mt 9,10-11 par.; Lc 7,34 par.).
     Pero la misión de Jesús no es la del juez, sino la del pastor que sale en busca de las ovejas perdidas, la del médico que viene a curar a los enfermos (Mc 2,17 par.), la del Siervo de Dios enviado «para abrir los ojos de los ciegos, sacar de la cárcel a los cautivos, y del calabozo a los que habitan las tinieblas» (Is 42,7).
     Si Jesús come con los pecadores es porque también ellos tienen un puesto en la mesa. Dios no sería Dios si a su fiesta solo pudieran entrar los «buenos». El padre de la parábola de Lc 15 muestra realmente su paternidad cuando acoge y abraza al hijo que, habiendo abandonado la casa, vivió como un perdido y ahora regresa derrotado, vencido y hambriento, sin bienes y sin honra, sin nada que poder ofrecerle en pago de su ofensa.
     Y porque el Padre es así, Jesús, su Hijo, se sienta a la mesa de los pecadores; para que también los pecadores puedan sentarse a la mesa de Dios. Jesús se invita y es invitado, come con unos y con otros, con los llamados justos y con los pecadores. El banquete es universal, todos están convocados.
     Y para el padre de la casa, (qué dicha tan grande cuando el hijo que se marchó regresa! Al igual que en los cielos, en donde la alegría por un pecador que se convierte es inmensa (Lc 15,7.10).
     Estas comidas de Jesús hacen presente el reino en las vidas de los comensales, aunque pueda ocurrir, como en el final de la parábola de la boda del hijo del rey, que alguno de ellos no lleve el traje adecuado. Aun así, Jesús sale a los caminos y allí llama a cuantos van de paso: sean pobres o ricos, sanos o enfermos, buenos o malos. A todos les hace la misma propuesta: «convertíos porque está cerca el reino de Dios» (Mc 1,15 par.). Algunos recogieron esta invitación y sus vidas cambiaron de tal modo que el reino caló muy hondo de ellos (Mateo y Zaqueo entre otros: Mt 9,9 y Lc 19,1-10).
     La dimensión universal y multitudinaria de estas comidas se expresa en los relatos de la multiplicación de los panes y los peces (Mc 6,30-44 par.; 8,1-10 par.). En estas acciones de Jesús se cumple la profecía de Isaías en la que Dios saciaría de balde el hambre de su pueblo (55,1-3).
     Estas comidas sirven además, en el contexto cultural en el que se desarrollan, como un signo de fraternidad y de alianza. Por eso, la máxima expresión de las comidas de Jesús en favor del reino será la que tuvo con sus discípulos momentos antes de su muerte. La Última Cena, continuada en la Eucaristía que celebra la Iglesia, es el signo por excelencia del banquete definitivo del reino. Las palabras de Jesús recogidas en el relato de Marcos lo manifiestan claramente: «Esta es mi sangre, la sangre de la alianza, que se derrama por todos. Os aseguro que ya no beberé más del fruto de la vid hasta el día en que lo beba nuevo en el reino de Dios» (14,24-25).

«Convertíos, porque está llegando el reino de los cielos» (Mt 4,17)

     «Alegrémonos, regocijémonos y démosle gloria, porque han llegado las bodas del Cordero. Está engalanada la esposa, vestida de lino puro, brillante. El lino que representa las buenas acciones de los creyentes» (Ap 19,7-8).
     La invitación al banquete requiere de los invitados un traje adecuado (Mt 22,11-14). El vestido es símbolo del interior de la persona, en cierta medida exterioriza lo que hay dentro de ella. Cada tipo de trabajo requiere una ropa adecuada, cada estilo de vida un vestuario diferente. La vestimenta del creyente debe estar adornada con la justicia y la verdad, con la misericordia y el perdón, con la paz y la bondad. De lo contrario estará «desentonando» en la boda.
     En su predicación, Jesús hace la oferta del reino a todas las personas, pero plantea a su vez una serie de exigencias, no conforme a un cumplimiento de ritos o normas (como tanto les gustaba hacer a los fariseos), sino a un estilo de vida, su estilo de vida. Y entre estas exigencias podemos señalar las siguientes:
     — En primer lugar la más básica de todas: la conversión. Expresado en griego con el verbo metanoeo, «convertirse» es tomar conciencia de que el camino por el que se marcha está errado, y, en consecuencia, hay que emprender uno nuevo. Es el «cambio de mentalidad» de quien desea, y decide, alejarse del mal y buscar el bien. Nace del arrepentimiento y conduce a un cambio de vida, en ocasiones radical (aunque no necesariamente, dependerá de los casos y de las circunstancias).
     — De la conversión nace la opción definitiva: el cumplimiento sincero de la voluntad de Dios. «No todo el que me dice: (Señor, Señor!, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos» (Mt 7,21; cf. 21,28-31). Para que Dios reine en nuestras vidas es preciso que abramos nuestra mente a los designios de Dios; discernirlos y reconocerlos es difícil, pero es algo a lo que no puede ni debe renunciar ningún creyente. Como en el caso de Jesús, solo el Espíritu Santo puede iluminar nuestro corazón y dar las fuerzas necesarias para llevar a cabo lo que Dios nos pide. En síntesis, la voluntad de Dios (que nunca puede ser identificada con el cumplimiento de unos mandatos, por ejemplo el Decálogo) queda expresada en esta frase de Jesús claramente exigente: «Amaos los unos a los otros, como yo os he amado» (Jn 15,12). Por eso llegará a decir san Pablo: «Con nadie tengáis deudas, a no ser la del amor mutuo, pues el que ama al prójimo ha cumplido la ley» (Rom 13,8).
     — El cumplimiento de la voluntad del Padre debe ser eficaz y manifestarse en frutos, «los frutos que al reino corresponden» (Mt 21,43; cf. 25,14-30 par.). Estos «frutos» son las buenas obras que los creyentes realizan en favor de los demás y por medio de las cuales ofrecen un culto verdadero al Padre, que, como en el caso de Jesús, es la ofrenda de la vida entera (Rom 12).
     — Requiere una disposición espiritual y material de pobreza (Mt 5,3 par.; 19,23-24). Quien confía en sí mismo y en los medios a su alcance, difícilmente entrará en el reino de Dios. Y más cuando se tiene una actitud de autosuficiencia e indiferencia ante los problemas de los demás (Mt 25,41-46; Lc 16,19-31).
     — Y junto a la pobreza, la radicalidad. Entrar en el reino de Dios no es algo fácil, la puerta es estrecha y hay que esforzarse en entrar por ella (Lc 13,22-30; 16,16). Dios ofrece gratis el reino a los hombres, pero es preciso acogerlo y vivir en consecuencia. Está dentro de nosotros. Quien se deja inundar por él sentirá la urgencia de vivirlo. No es el premio que se recibe por una vida llena de privaciones y renuncias, sino la eclosión en nosotros de una pequeña semilla de entrega, de generosidad, de justicia solidaria, de misericordia... Es dejar que Dios reine en nuestro corazón, entonces la vida se habrá convertido en un reto al que nunca le faltarán alicientes, teniendo que dejar, en ocasiones, casa, hermanos, padre, madre o tierras (Mc 10,23-30 par.).
     — La radicalidad con la que hay que vivir el reino no puede estar alimentada por el ansia de la superación personal, ni por la angustia escrupulosa del miedo al juicio de Dios. Debe estar sostenida, como sucedió en la vida de Jesús, por la total y absoluta confianza en el Padre, ante el cual todos hemos de ser como «niños» (Mc 10,13-16 par.; Mt 18,1-4). Hacerse como niños es uno de los mayores retos de quienes quieren dejarse seducir por el reino de Dios. Si no se es como ellos no se podrá entrar en él. Y solo el Espíritu Santo podrá obrar este cambio en nosotros, pues sólo él puede hacernos nacer de nuevo (Jn 3,3-6).

«El tiempo ya ha llegado y el reino de Dios ya está cerca» (Mc 1,15)

     Los evangelios presentan la predicación de Jesús precedida de la misión profética de Juan Bautista. En ambos casos se da una clara coincidencia: la urgencia de la conversión ante la inminente llegada del reino. El tiempo de espera de la venida del reino que anunciaron los profetas ya se ha cumplido.
     Los cuatro evangelistas son conscientes de esta realidad, pero marcan una tensión entre el presente y su realización definitiva. Una cosa sí está clara de verdad: este reino se da en la persona de Jesús, por medio del cual Dios se ha hecho presente en la historia de los hombres de un modo total y absoluto (Mt 1,18-23; Lc 1,26-30; Jn 1-14).
     Jesús es el Mesías y con él comienza el tiempo mesiánico, aunque paradójicamente, pues muere. La primera comunidad cristiana vive gozosa creyendo que ya ha acabado esta etapa de la historia y comienza la definitiva, la que inaugura Jesús con su resurrección. Tras un breve lapso de tiempo (unos años quizá), vendrá de nuevo el Señor resucitado como juez de la historia (parusía). Algunos incluso pensaban que no conocerían la muerte antes de que esto ocurriera, entre ellos el apóstol Pablo (1 Tes 4,15-17). El paso del tiempo va desconcertando a los cristianos y los últimos escritos del NT recogen esta inquietud, a la que intentan ofrecer una respuesta: «Una cosa, queridos, no se os ha de ocultar: que un día es para el Señor como mil años, y mil años como un día. Y no es que el Señor se retrase en cumplir su promesa como algunos creen; simplemente tiene paciencia con vosotros, porque no quiere que alguno se pierda, sino que todos se conviertan. Pero el día del Señor llegará como un ladrón» (2 Pe 3,8-10).
     Esta tensión entre la urgencia de la conversión porque el reino de Dios ya está llegando (Juan Bautista, Jesús) y el paso de los años, los siglos y hasta de los milenios, es algo que ha dejado perplejos a muchos cristianos a lo largo de la historia. Cuando concluía el primer milenio se produjo la angustia del fin del mundo; a más de uno le resultaba evidente que esa era la fecha señalada. En nuestros días vuelven a surgir creencias similares. Pero la llegada de la plenitud del reino no responde a un juego de números, no puede deducirse mediante un cálculo cabalístico. Nadie sabe ni el día ni la hora, ni siquiera Jesús, solo el Padre (Mc 13,32 par.). Quienes esperan algo para el 31 de diciembre del año 2000 habrán de tener en cuenta que, según sabemos hoy, Jesús debió de nacer en torno al año 6 o 7 a. C., por lo que el comienzo del tercer milenio después del nacimiento de Cristo ya tuvo lugar hace unos tres o cuatro años (y no ocurrió nada especial).
     El reino de Dios es una realidad que se da ya en la historia, se ha hecho presente en la persona de Jesús, en su vida y en su obra (Mt 12,28), pero que sufre violencia (Mt 11,12), que va creciendo muy lentamente (como un grano de mostaza), que no hay que esperarlo de un modo espectacular porque ya está entre nosotros (Lc 17,20-21), que se propone pero no se impone por la fuerza (Lc 10,8-11).
     Pero el reino de Dios, que se siembra, nace y crece aquí y ahora, «no es de este mundo» (Jn 18,36), no se agota en él, su realización plena solo puede darse por el encuentro total y definitivo con Dios. Y esto solo será posible cuando, como Jesús, traspasemos las barreras de la muerte. El reino culmina más allá de este mundo, porque somos, realmente, «ciudadanos del cielo» (según la expresión paulina: Flp 3,20), «peregrinos lejos aún de su hogar» (1 Pe 2,11). Pero hasta que esto suceda, mientras llega el tiempo de la cosecha, nuestra tarea debe centrarse en la siembra y en el cuidado de la mies; porque lo que aquí sembremos eso recogeremos. Vivamos gozosos, por tanto, en la esperanza, aun en medio de las dificultades, porque «los padecimientos del tiempo presente no pueden compararse con la gloria que un día se nos revelará» (Rom 8,18).

Apéndice: El reino de Dios en la tradición israelita

     En la religión de Israel, la realeza es un atributo divino muy antiguo, como queda constancia en algunos salmos y textos proféticos del exilio y el posexilio. No obstante no es de los más importantes, frente a otros como la santidad, el poder, la justicia o la fidelidad.
     En general, en los pueblos del área del Próximo Oriente, a la que Israel pertenece, la realeza de los dioses estaba asociada a su calidad de creadores. Por ser el creador, un dios era el rey y señor de la Tierra (y de los otros dioses). Es el caso de Ptah o Re en Egipto, de Marduk en Babilonia o de Yahvé en Israel.
     Una de las consecuencias teológicas más importantes de esta confesión de fe era su dimensión soteriológica: el dios-rey salvaba a su pueblo de los enemigos y de las adversidades en general, velaba por la paz y garantizaba su prosperidad.
     En Israel, la realeza de Yahvé supone, con el paso de los siglos, su señorío sobre todas las naciones, sobre los dioses (finalmente rechazados como ídolos falsos), sobre las fuerzas del mal.
     En los tiempos difíciles de dominio extranjero que precedieron a la época de Jesús, este señorío quedaba en entredicho, por lo que sus fieles creyentes aguardaban de un momento a otro una reacción definitiva de Dios. Yahvé por medio de su mesías iba a imponer su reinado a todas las naciones, colocaría a Israel al frente de ellas y borraría de la faz de la tierra a todos los malvados. Los escritos apocalípticos de estos momentos reflejan claramente estas creencias. Dios manifestaría ante todos los pueblos su poder y su justicia, sometiéndolos a todos, sería un nuevo «día de Yahvé».
     Pero no era esta la única visión, en los escritos rabínicos la instauración de la realeza divina solía estar relacionada con el reconocimiento de su autoridad, quien así lo hacía se sometía a ella. Este sometimiento venía a significar el cumplimiento de la Torá (Ley de Moisés) y tenía, fundamentalmente, una dimensión moralista e individualista. Las reivindicaciones nacionalistas en cambio no son frecuentes en las enseñanzas de los rabinos, que comprendían el «reino de los cielos» más bien en un sentido moral y religioso.
Juan Antonio Mayoral


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