jueves, 21 de febrero de 2013

JESÚS Y SU ANUNCIO DEL REINO DE DIOS


JESÚS Y EL REINO DE DIOS

     «Jesús recorría toda Galilea, enseñando en sus sinagogas. Anunciaba la buena noticia del reino y curaba las enfermedades y dolencias del pueblo» (4,23). Así relata el evangelio de san Mateo el comienzo de la actividad de Jesús tras haber elegido a sus primeros discípulos.

     «La buena noticia del reino» es una expresión que podría sintetizar la vida entera de Jesús. A la luz del acontecimiento pascual, toda su existencia se comprende como una vida entregada al servicio del reino de Dios, a su anuncio y a su realización. Sus palabras (predicación y enseñanza) y sus obras (acciones y gestos) solo se entienden en relación con este «reino de Dios» (expresión típica de los sinópticos, en Mt también «reino de los cielos» [expresión común también entre los rabinos del siglo I]; el cuarto evangelio emplea una denominación distinta: «vida eterna» o simplemente «vida»).
     La esperanza en la llegada de este reino era muy antigua en Israel, no es invención de Jesús. Lo que sí es específico suyo es su comprensión y, sobre todo, su vinculación con su propia persona. Estando Juan Bautista en la cárcel, envió a unos discípulos suyos a preguntar a Jesús: «)Eres tú el que tenía que venir, o hemos de esperar a otro? Jesús respondió: “Id a contar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la buena noticia”» (Mt 11,3-5). En Jesús se cumplen, según la interpretación cristiana, las expectativas más profundas del antiguo Israel (cf. Is 35) y las de la humanidad entera. Él es quien, ungido con el Espíritu de Dios, ha venido a «anunciar la buena noticia a los pobres... a proclamar la liberación a los cautivos y dar la vista a los ciegos, a libertar a los oprimidos y a proclamar un año de gracia del Señor» (Lc 4,18-19).
     Las expresiones que se utilizan en los evangelios son la formulación simbólica de la felicidad y la realización humana de aquella época. Hoy nos tocaría hacer una traducción equivalente, de manera que pudiéramos seguir diciendo que Jesús es aquel en quien todas las personas alcanzan la plenitud de sus vidas, y en especial aquellas a quienes la vida, el pecado de este mundo, se lo niega: pobres, enfermos, marginados, emigrantes, drogadictos..., los «endemoniados» y «leprosos» de este mundo, los que, aun estando vivos, en realidad están muertos porque a sus vidas se las ha privado de sentido y de esperanza.

«Anunciaba la buena noticia del reino...»

     Jesús aparece en los evangelios como un predicador itinerante, con algunos lugares estables de referencia. Por su predicación, hay quienes van creyendo en él ()muchos?). Con estos, el grupo de los discípulos, establece una relación más intensa, acompañada de una instrucción más profunda. Distinguimos así dos niveles en su anuncio del reino, uno más general y otro más íntimo, centrados ambos en dos puntos claves de referencia: la conversión (Mc 1,14-15) y el seguimiento (aunque no en todos los casos ha de darse de la misma manera: Mc 5,18-19).
     La predicación de Jesús se ha recogido en los evangelios en distintas formas: una más global, mediante el empleo de recursos pedagógicos populares (por ejemplo, las parábolas), y otra más específica, con discursos más teóricos y sistemáticos (sirvan de ejemplo el sermón de la montaña en Mateo o los discursos en Juan).
     Cuando Jesús habla del reino lo hace de un modo figurado. El reino es algo que desborda la pura realidad humana, pues es Dios quien de verdad lo hace posible. Por eso solo se puede hablar de él con imágenes: «Sucede con el reino de los cielos lo que con... (un grano de mostaza, la levadura, una red, un rey que celebraba la boda de su hijo, unas jóvenes que esperaban al esposo, un hombre que se ausentó de su casa...)». Las parábolas de Jesús nos hacen saltar de lo cotidiano a lo extraordinario, de lo conocido a lo desconocido, de la vida de los hombres a la vida de Dios.
     Si nos centráramos en la enseñanza de las parábolas de Jesús podríamos decir del reino que:
     — Es lo más importante para la vida de las personas. No hay mayor ganancia que el reino de Dios, y mejor inversión que dejar todo por él; acumular otro tipo de riquezas es una actitud insensata (Lc 12,16-21) y dificulta el seguimiento de Jesús (Lc 14,28-32), haciendo imposible el servicio a Dios (Lc 16,1-13). Se impone por tanto la radicalidad, pues el reino es semejante a un tesoro o a una perla (Mt 13,44-45), quienes los encuentran venden todo lo que tienen con el fin de comprarlos. No obstante hay también quienes lo rechazan, son como esos invitados a la boda del hijo del rey que no acuden a la fiesta (Mt 22,1-10 par.). En ese caso el banquete, el reino, se les ofrecerá a otros, que habrán de ir con un traje adecuado (Mt 22,11-13).
     — Es pequeño y débil, pero, sin saber bien cómo, crece sin detenerse y va transformando todo a su paso. Es como un grano de mostaza (Mc 4,30-32 par.), como una semilla (Mc 4,26-29), como la levadura (Mt 13,33 par.). No obstante, su progreso, aunque lento, se manifiesta mediante signos que hay que comprender, como se sabe que el verano está ya cerca porque los brotes de la higuera han comenzado a salir (Mc 13,28-29 par.).
     — Necesita una buena tierra donde arraigar. Pues se parece a un sembrador que siembra buenas semillas (Mc 4,3-8 par.), no todas caen en buen terreno y se pierden algunas, pero otras producen fruto, unas más y otras menos. Las diferentes alternativas en la vida, la falta de constancia en las dificultades, las múltiples ocupaciones, etc. pueden hacer que se malogre la semilla del reino que Dios ha puesto en las personas.
     — Requiere un proceso de maduración para el momento final. Es semejante a un trigal con cizaña (Mt 13,24-30), del que habrá que esperar hasta el tiempo de la siega para poder separar el trigo de las malas hierbas. A una red con peces buenos y malos (Mt 13,47-50), que después se seleccionarán en el puerto. El bien va creciendo en medio del mal, pero hay que esperar hasta el final para ver el resultado definitivo. Solo entonces recibiremos el fruto de nuestras obras (Mt 25,31-46). Por eso, habrá que estar siempre vigilantes y no descuidar la atención, porque no sabemos ni el día ni la hora de este momento (Mc 13,32-37 par.; 25,1-13; Mt 24,43-44 par.).
     — Su artífice es el Padre por medio de Jesús, su Hijo, que, aunque será rechazado, como ya ocurrió con otros enviados divinos, va a convertirse en «piedra angular» (Mc 12,1-11 par.). El anuncio de Jesús no siempre va a tener buena acogida, pues sus oyentes son como esos niños que no bailan cuando se toca la flauta o no lloran cuando se entonan lamentos (Mt 11,16-19).
     — Su entrada en él está garantizada para quienes cumplan la voluntad de Dios, para los hijos obedientes (Mt 21,28-32). En cambio lo tienen muy difícil los que su fidelidad está solo en los labios pero no en el corazón ni en la vida (Lc 13,22-30; 18,9-14). Estos son como la higuera estéril que habrá que cortar (Lc 13,6-9), como el siervo que al irse su amo no cuida de la hacienda (Mt 24,45-51 par.), como el que recibió unos talentos y no los hizo producir (Mt 25,14-30 par.).
     — El rey de este reino es justo y misericordioso, no hay que mendigar su generosidad ni su justicia (Mt 20,1-16; Lc 11,5-8; 18,1-8) y exige de sus súbditos las mismas cualidades. Por eso, entrarán en su reino quienes perdonen y se compadezcan de los necesitados (Lc 7,36-50; 10,30-37), no así los que se muestren duros con ellos (Mt 18,23-35; Lc 16,19-31).
     — Y el rey no solo se muestra misericordioso y justo con quienes le aman y respetan, sino también, y en ello pone Jesús mucho énfasis, con aquellos que le han abandonado, que son «pecadores». Ante todo es un pastor que busca la oveja que se ha extraviado (Mt 18,12-14 par.), una mujer que barre concienzudamente la casa en busca de la dracma que había perdido (Lc 15,8-10), un padre que espera ansioso el regreso del hijo que se había marchado (Lc 15,11-32).
     Así es el reino de Dios conforme a las imágenes que Jesús utiliza en las parábolas.

«... y curaba las enfermedades y dolencias del pueblo»

     El texto mateano que citábamos al comienzo nos refiere también que Jesús curaba a los enfermos. Más adelante, en el desarrollo del evangelio, esta afirmación tan general se va concretando en curaciones precisas: sana a un leproso, al siervo de un oficial romano, a la suegra de Pedro, expulsa demonios, etc. Todos los evangelistas son concordes en este tipo de testimonios. Y a estas «acciones» de Jesús que acompañan su predicación se las denomina normalmente «milagros».
     Una mala comprensión de los milagros podría hacer que leyéramos estas referencias en un sentido diferente al que fueron compuestas. Esto nos haría distorsionar el mensaje de los evangelistas sobre Jesús. Es como si una pieza musical la interpretáramos en una clave distinta a la que fue escrita; puede que el resultado hasta quedara bien, pero ciertamente no sería lo que compuso el autor. Veamos pues qué son estos «milagros» y que función ocupan en los relatos evangélicos.
     Un «milagro» es, ante todo, para nosotros un fenómeno raro, extraño, que sucede al margen de las leyes de la naturaleza. Una enfermedad grave, incurable, que desaparece sin intervención humana y sin saberse cómo. Un rayo que cae sobre una persona, sin que le ocurra nada. Un cadáver que vuelve a la vida. Casos similares y más insólitos aún se dan en toda la Biblia: Josué manda parar el sol, y se detiene (Jos 10,12-13); una mujer estéril y ya anciana queda encinta (Sara: Gén 18,9-14; Isabel: Lc 1,5-13); unos jóvenes son arrojados a un horno encendido y no les ocurre nada (Dan 3,8ss)...
     Cuando leemos los evangelios, nos encontramos a cada paso que Jesús hacía prodigios similares, incluso resucitaba muertos y expulsaba demonios.
     Pero estos «milagros» que tanto llaman nuestra atención por su rareza eran vistos por la gente de aquella época como casos corrientes y muy naturales. De hecho, también fuera del ámbito bíblico ocurrían fenómenos similares que eran adjudicados a los dioses o al poder de sus intermediarios. Por ejemplo, en el gran santuario de Asclepios (o Esculapio) en Epidauro se nos cuentan multitud de casos de curaciones, y muy detalladas algunas de ellas, por ejemplo: Una mujer que dio a luz, tras acudir al templo, después de cinco años de embarazo; un hombre que solo podía mover un dedo de la mano y salió curado; una mujer tuerta que pudo ver con el ojo enfermo; etc. Del filósofo Apolonio de Tiana se narran veinte milagros: resucita a un muerto, cura a un enfermo de rabia, expulsa demonios, libra a la ciudad de Éfeso de la peste dominando al demonio que la causaba, se tranquiliza el mar cuando él navega, se traslada inmediatamente de una ciudad a otra... Estos casos ilustran, en primer lugar, cómo los relatos de milagros, tan extraños para nosotros, no resultan tanto en la época en que se componen los evangelios.
     Se nos plantean ahora algunas cuestiones: )Ocurrían de verdad estos fenómenos? )Puede una mujer estar embarazada durante cinco años sin dar a luz? )Puede alguien resucitar a un muerto o hacer que el mar se calme a su paso?... Si esto es así, )por qué conceder más valor a los milagros de Jesús de Nazaret que a los de Apolonio de Tiana?
     La clave para responder a estas preguntas está en determinar cuál era la interpretación que se hacía entonces de estos fenómenos y la función que tenían los relatos que los cuentan. Esto, en contraste con los textos evangélicos, puede arrojar luz sobre los «milagros» de Jesús.
     Estos prodigios se narraban para engrandecer la imagen del dios o de sus intermediarios; algunos de ellos se cuentan con clara intención apologética: se obran con incrédulos para quitarles la razón y mostrarles su necedad.
      )Cómo eran los milagros de Jesús? )Ocurrieron tal como se cuentan?
    Sin duda la predicación de Jesús iba acompañada con la realización de algunas acciones «extraordinarias» (pues de lo contrario no habría sido acusado por sus adversarios de hechicería). En cada cultura y en cada época lo extraordinario adquiere un matiz diferente. Lo importante, en todo caso, es la interpretación que de ellas hacían quienes las contemplaban: en unos provocaban la fe y en otros el rechazo. Los evangelistas se sitúan en el primer caso y desde ahí hacen su lectura de los hechos. Después, a la hora de contárnoslos, emplean la forma literaria común en su época para narrar casos similares; luego no debe extrañarnos que los milagros de Jesús resulten parecidos a los que realizaban otros personajes de la antigüedad, porque se narraron del mismo modo.
     Pero, como se ha dicho, lo más importante es la interpretación de estas «acciones». La realización de un fenómeno extraño y prodigioso no era, ni puede ser nunca, un testimonio evidente de que se realiza con el poder de Dios. De hecho, los adversarios de Jesús le acusan de hacer milagros con el poder de Beelzebul (Mc 3,22 par.). El Talmud de Babilonia, del siglo IV, recoge una referencia sobre Jesús y dice de él que «practicó la hechicería y sedujo a Israel». Como puede verse, en el ambiente en que Jesús vivió, hacer milagros no era un signo evidente de que se obraba con la fuerza divina (cf. Hech 8,9-11).
     En los evangelios, los milagros de Jesús tienen la función principal de testimoniar en favor de su palabra, y también, aunque en segundo término, la de mostrar su bondad misericordiosa, que es la de Dios en última instancia. No buscan otras pretensiones, como: el propio interés (ni siquiera su propia defensa: Mt 26,53), la satisfacción de la concurrencia (espectáculo), la glorificación del protagonista o la supresión de las necesidades materiales (comer, erradicar enfermedades...). Con ellos se pretende despertar y aumentar la fe en la misión divina de Jesús. Los milagros son, ante todo, «señales», «signos».
     En la medida en que están en relación con la palabra de Jesús (su predicación, su enseñanza) no pueden separarse de ella. Son signos que «significan» lo que su palabra proclama: el anuncio de la buena noticia a los pobres. Muestran, realizan lo que la palabra dice; al tiempo que esta palabra discierne lo que los milagros manifiestan.
     Entre otras cosas manifiestan la «autoridad» (exousía) de la palabra de Jesús, que se ve así correspondida con la «fuerza» (dynamis) de su actuar. Los letrados no tenían esta autoridad en su doctrina, y su actuar estaba carente igualmente de poder (Mc 1,21-22 par.). Por eso, a sus discípulos, Jesús los envía a predicar con poder (para expulsar demonios, por ejemplo: Mc 3,13-15). El milagro expresa, ante todo, la eficacia de la palabra de Jesús (y la de sus discípulos cuando actúan en su nombre: Hech 3,1-7), una eficacia que salva.
     Como signos eficaces y expresivos, los milagros manifiestan el poder de Jesús a diversos niveles:
     — Su dominio sobre el mal, sobre su origen: el pecado (Mc 2,1-12 pp); sobre sus agentes: los espíritus impuros (Mc 1,23-27 par.), y sobre sus consecuencias: la enfermedad (Mc 1,32-34 par.), la impureza que margina (Mc 1,40-44 par.), la naturaleza hostil (Mc 16,18), la muerte (Jn 11,1-44).
     — Su autoridad sobre el sábado, sobre la Ley (Mc 3,4-5 par.; Lc 13,10-16; 14,1-6).
     — Su mesianismo y su estrecha vinculación con Dios (Mt 14,22-33; Jn 7,31; 10,24-30).
     — Y junto al poder de Jesús, el de aquellos que han puesto su fe en él, solo quienes confían en Jesús son beneficiarios de sus milagros (Mc 7,24-30 par.; Mt 8,5-13 par.).
     Los milagros tienen además una carga religiosa hoy menos perceptible. En el contexto judío los sufrimientos son castigos de Dios por un pecado (Jn 9,1-2). Los beneficios de la fuerza sanadora de Jesús deberían recaer en los justos, no en los pecadores. El poder de Jesús es el de Dios regenerando al hombre; no es solo la curación de una enfermedad. En este sentido, Jesús va aparentemente en contra de los designios divinos; de ahí la acusación de obrar milagros con el poder de Beelzebul (Mc 3,22ss).
     Su fuerza, no obstante, no es probatoria contra los incrédulos, no se pretende violentar su incredulidad. Donde Jesús no encuentra fe en su misión no hace ningún milagro (Mc 6,1-6).
     Los milagros son, en síntesis, las acciones de Jesús en favor del reino, hacen presente lo que anuncia en su predicación; manifiestan lo que la fuerza de Dios está obrando por medio de él, expresan su verdadera misión: anunciar la buena noticia a los pobres, proclamar la liberación a los cautivos, dar la vista a los ciegos, libertar a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor (Lc 4,18-19). Evidencian que el reino que anunciaron los profetas se cumple ya ahora en la persona de Jesús (Mt 11,4-5).
     Pero los milagros son signos, y por eso el mayor milagro de Jesús fue su muerte y resurrección. Porque fue el signo con el que mejor expresó el sentido de su misión, su mesianismo. En la cruz se revela su radical obediencia al Padre, y en la resurrección la absoluta fidelidad de Dios a su hijo. Las apariciones son los «signos» que hacen visible la nueva realidad gloriosa del crucificado, muerto por el poder del pecado, y vivo ahora para siempre por el poder de Dios.

«Anda con pecadores y come con ellos» (Lc 15,2)

     De los milagros decíamos que son «signos», algunos de ellos materializados en fenómenos extraños, cuya rareza o singularidad depende de cada época y de cada cultura. Pues bien, uno los signos que Jesús hacía, que podemos calificar también de milagro, en su sentido de «signo que expresa y hace presente el reino», eran sus comidas con los pecadores. Este modo de obrar resultaba profundamente extraño y chocante en su época, aunque hoy nos parezca algo normal.
     El reino de Dios es frecuentemente simbolizado con la imagen del banquete. En dos parábolas recogidas en el evangelio de Mateo se compara al reino con un banquete nupcial. En la primera (Mt 22,2-14; cf. Lc 14,15-24), un rey organiza un convite porque se casa su hijo. Invita a mucha gente, pero ninguno acude; incluso sus mensajeros son maltratados. El rey, indignado por la actitud de los invitados, se deshace de ellos y manda a sus criados que salgan a los caminos e inviten a cuantos pasan por ellos, buenos y malos. Al final, la mesa se llena de comensales. En la segunda (Mt 25,1-13), se relaciona con la boda de diez muchachas, unas son previsoras y, como tarda en llegar el novio, se proveen de aceite suficiente para sus lámparas, otras, en cambio, no lo hacen así; y cuando llega el novio, las primeras entran con él al banquete de bodas, las otras se quedan fuera y no pueden entrar.
     La parábola de la boda del hijo del rey es clave para interpretar las comidas de Jesús con los pecadores como signo («milagro») del reino. Estas comidas forman parte de un contexto polémico: el enfrentamiento de Jesús con los «piadosos» judíos, con los «buenos». Si Jesús fuera el auténtico mesías debería estar con ellos y no con los pecadores (Lc 7,36-50); debería bendecir y premiar su «justicia» y no prodigarse con la gente de mala reputación (Mt 9,10-11 par.; Lc 7,34 par.).
     Pero la misión de Jesús no es la del juez, sino la del pastor que sale en busca de las ovejas perdidas, la del médico que viene a curar a los enfermos (Mc 2,17 par.), la del Siervo de Dios enviado «para abrir los ojos de los ciegos, sacar de la cárcel a los cautivos, y del calabozo a los que habitan las tinieblas» (Is 42,7).
     Si Jesús come con los pecadores es porque también ellos tienen un puesto en la mesa. Dios no sería Dios si a su fiesta solo pudieran entrar los «buenos». El padre de la parábola de Lc 15 muestra realmente su paternidad cuando acoge y abraza al hijo que, habiendo abandonado la casa, vivió como un perdido y ahora regresa derrotado, vencido y hambriento, sin bienes y sin honra, sin nada que poder ofrecerle en pago de su ofensa.
     Y porque el Padre es así, Jesús, su Hijo, se sienta a la mesa de los pecadores; para que también los pecadores puedan sentarse a la mesa de Dios. Jesús se invita y es invitado, come con unos y con otros, con los llamados justos y con los pecadores. El banquete es universal, todos están convocados.
     Y para el padre de la casa, (qué dicha tan grande cuando el hijo que se marchó regresa! Al igual que en los cielos, en donde la alegría por un pecador que se convierte es inmensa (Lc 15,7.10).
     Estas comidas de Jesús hacen presente el reino en las vidas de los comensales, aunque pueda ocurrir, como en el final de la parábola de la boda del hijo del rey, que alguno de ellos no lleve el traje adecuado. Aun así, Jesús sale a los caminos y allí llama a cuantos van de paso: sean pobres o ricos, sanos o enfermos, buenos o malos. A todos les hace la misma propuesta: «convertíos porque está cerca el reino de Dios» (Mc 1,15 par.). Algunos recogieron esta invitación y sus vidas cambiaron de tal modo que el reino caló muy hondo de ellos (Mateo y Zaqueo entre otros: Mt 9,9 y Lc 19,1-10).
     La dimensión universal y multitudinaria de estas comidas se expresa en los relatos de la multiplicación de los panes y los peces (Mc 6,30-44 par.; 8,1-10 par.). En estas acciones de Jesús se cumple la profecía de Isaías en la que Dios saciaría de balde el hambre de su pueblo (55,1-3).
     Estas comidas sirven además, en el contexto cultural en el que se desarrollan, como un signo de fraternidad y de alianza. Por eso, la máxima expresión de las comidas de Jesús en favor del reino será la que tuvo con sus discípulos momentos antes de su muerte. La Última Cena, continuada en la Eucaristía que celebra la Iglesia, es el signo por excelencia del banquete definitivo del reino. Las palabras de Jesús recogidas en el relato de Marcos lo manifiestan claramente: «Esta es mi sangre, la sangre de la alianza, que se derrama por todos. Os aseguro que ya no beberé más del fruto de la vid hasta el día en que lo beba nuevo en el reino de Dios» (14,24-25).

«Convertíos, porque está llegando el reino de los cielos» (Mt 4,17)

     «Alegrémonos, regocijémonos y démosle gloria, porque han llegado las bodas del Cordero. Está engalanada la esposa, vestida de lino puro, brillante. El lino que representa las buenas acciones de los creyentes» (Ap 19,7-8).
     La invitación al banquete requiere de los invitados un traje adecuado (Mt 22,11-14). El vestido es símbolo del interior de la persona, en cierta medida exterioriza lo que hay dentro de ella. Cada tipo de trabajo requiere una ropa adecuada, cada estilo de vida un vestuario diferente. La vestimenta del creyente debe estar adornada con la justicia y la verdad, con la misericordia y el perdón, con la paz y la bondad. De lo contrario estará «desentonando» en la boda.
     En su predicación, Jesús hace la oferta del reino a todas las personas, pero plantea a su vez una serie de exigencias, no conforme a un cumplimiento de ritos o normas (como tanto les gustaba hacer a los fariseos), sino a un estilo de vida, su estilo de vida. Y entre estas exigencias podemos señalar las siguientes:
     — En primer lugar la más básica de todas: la conversión. Expresado en griego con el verbo metanoeo, «convertirse» es tomar conciencia de que el camino por el que se marcha está errado, y, en consecuencia, hay que emprender uno nuevo. Es el «cambio de mentalidad» de quien desea, y decide, alejarse del mal y buscar el bien. Nace del arrepentimiento y conduce a un cambio de vida, en ocasiones radical (aunque no necesariamente, dependerá de los casos y de las circunstancias).
     — De la conversión nace la opción definitiva: el cumplimiento sincero de la voluntad de Dios. «No todo el que me dice: (Señor, Señor!, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos» (Mt 7,21; cf. 21,28-31). Para que Dios reine en nuestras vidas es preciso que abramos nuestra mente a los designios de Dios; discernirlos y reconocerlos es difícil, pero es algo a lo que no puede ni debe renunciar ningún creyente. Como en el caso de Jesús, solo el Espíritu Santo puede iluminar nuestro corazón y dar las fuerzas necesarias para llevar a cabo lo que Dios nos pide. En síntesis, la voluntad de Dios (que nunca puede ser identificada con el cumplimiento de unos mandatos, por ejemplo el Decálogo) queda expresada en esta frase de Jesús claramente exigente: «Amaos los unos a los otros, como yo os he amado» (Jn 15,12). Por eso llegará a decir san Pablo: «Con nadie tengáis deudas, a no ser la del amor mutuo, pues el que ama al prójimo ha cumplido la ley» (Rom 13,8).
     — El cumplimiento de la voluntad del Padre debe ser eficaz y manifestarse en frutos, «los frutos que al reino corresponden» (Mt 21,43; cf. 25,14-30 par.). Estos «frutos» son las buenas obras que los creyentes realizan en favor de los demás y por medio de las cuales ofrecen un culto verdadero al Padre, que, como en el caso de Jesús, es la ofrenda de la vida entera (Rom 12).
     — Requiere una disposición espiritual y material de pobreza (Mt 5,3 par.; 19,23-24). Quien confía en sí mismo y en los medios a su alcance, difícilmente entrará en el reino de Dios. Y más cuando se tiene una actitud de autosuficiencia e indiferencia ante los problemas de los demás (Mt 25,41-46; Lc 16,19-31).
     — Y junto a la pobreza, la radicalidad. Entrar en el reino de Dios no es algo fácil, la puerta es estrecha y hay que esforzarse en entrar por ella (Lc 13,22-30; 16,16). Dios ofrece gratis el reino a los hombres, pero es preciso acogerlo y vivir en consecuencia. Está dentro de nosotros. Quien se deja inundar por él sentirá la urgencia de vivirlo. No es el premio que se recibe por una vida llena de privaciones y renuncias, sino la eclosión en nosotros de una pequeña semilla de entrega, de generosidad, de justicia solidaria, de misericordia... Es dejar que Dios reine en nuestro corazón, entonces la vida se habrá convertido en un reto al que nunca le faltarán alicientes, teniendo que dejar, en ocasiones, casa, hermanos, padre, madre o tierras (Mc 10,23-30 par.).
     — La radicalidad con la que hay que vivir el reino no puede estar alimentada por el ansia de la superación personal, ni por la angustia escrupulosa del miedo al juicio de Dios. Debe estar sostenida, como sucedió en la vida de Jesús, por la total y absoluta confianza en el Padre, ante el cual todos hemos de ser como «niños» (Mc 10,13-16 par.; Mt 18,1-4). Hacerse como niños es uno de los mayores retos de quienes quieren dejarse seducir por el reino de Dios. Si no se es como ellos no se podrá entrar en él. Y solo el Espíritu Santo podrá obrar este cambio en nosotros, pues sólo él puede hacernos nacer de nuevo (Jn 3,3-6).

«El tiempo ya ha llegado y el reino de Dios ya está cerca» (Mc 1,15)

     Los evangelios presentan la predicación de Jesús precedida de la misión profética de Juan Bautista. En ambos casos se da una clara coincidencia: la urgencia de la conversión ante la inminente llegada del reino. El tiempo de espera de la venida del reino que anunciaron los profetas ya se ha cumplido.
     Los cuatro evangelistas son conscientes de esta realidad, pero marcan una tensión entre el presente y su realización definitiva. Una cosa sí está clara de verdad: este reino se da en la persona de Jesús, por medio del cual Dios se ha hecho presente en la historia de los hombres de un modo total y absoluto (Mt 1,18-23; Lc 1,26-30; Jn 1-14).
     Jesús es el Mesías y con él comienza el tiempo mesiánico, aunque paradójicamente, pues muere. La primera comunidad cristiana vive gozosa creyendo que ya ha acabado esta etapa de la historia y comienza la definitiva, la que inaugura Jesús con su resurrección. Tras un breve lapso de tiempo (unos años quizá), vendrá de nuevo el Señor resucitado como juez de la historia (parusía). Algunos incluso pensaban que no conocerían la muerte antes de que esto ocurriera, entre ellos el apóstol Pablo (1 Tes 4,15-17). El paso del tiempo va desconcertando a los cristianos y los últimos escritos del NT recogen esta inquietud, a la que intentan ofrecer una respuesta: «Una cosa, queridos, no se os ha de ocultar: que un día es para el Señor como mil años, y mil años como un día. Y no es que el Señor se retrase en cumplir su promesa como algunos creen; simplemente tiene paciencia con vosotros, porque no quiere que alguno se pierda, sino que todos se conviertan. Pero el día del Señor llegará como un ladrón» (2 Pe 3,8-10).
     Esta tensión entre la urgencia de la conversión porque el reino de Dios ya está llegando (Juan Bautista, Jesús) y el paso de los años, los siglos y hasta de los milenios, es algo que ha dejado perplejos a muchos cristianos a lo largo de la historia. Cuando concluía el primer milenio se produjo la angustia del fin del mundo; a más de uno le resultaba evidente que esa era la fecha señalada. En nuestros días vuelven a surgir creencias similares. Pero la llegada de la plenitud del reino no responde a un juego de números, no puede deducirse mediante un cálculo cabalístico. Nadie sabe ni el día ni la hora, ni siquiera Jesús, solo el Padre (Mc 13,32 par.). Quienes esperan algo para el 31 de diciembre del año 2000 habrán de tener en cuenta que, según sabemos hoy, Jesús debió de nacer en torno al año 6 o 7 a. C., por lo que el comienzo del tercer milenio después del nacimiento de Cristo ya tuvo lugar hace unos tres o cuatro años (y no ocurrió nada especial).
     El reino de Dios es una realidad que se da ya en la historia, se ha hecho presente en la persona de Jesús, en su vida y en su obra (Mt 12,28), pero que sufre violencia (Mt 11,12), que va creciendo muy lentamente (como un grano de mostaza), que no hay que esperarlo de un modo espectacular porque ya está entre nosotros (Lc 17,20-21), que se propone pero no se impone por la fuerza (Lc 10,8-11).
     Pero el reino de Dios, que se siembra, nace y crece aquí y ahora, «no es de este mundo» (Jn 18,36), no se agota en él, su realización plena solo puede darse por el encuentro total y definitivo con Dios. Y esto solo será posible cuando, como Jesús, traspasemos las barreras de la muerte. El reino culmina más allá de este mundo, porque somos, realmente, «ciudadanos del cielo» (según la expresión paulina: Flp 3,20), «peregrinos lejos aún de su hogar» (1 Pe 2,11). Pero hasta que esto suceda, mientras llega el tiempo de la cosecha, nuestra tarea debe centrarse en la siembra y en el cuidado de la mies; porque lo que aquí sembremos eso recogeremos. Vivamos gozosos, por tanto, en la esperanza, aun en medio de las dificultades, porque «los padecimientos del tiempo presente no pueden compararse con la gloria que un día se nos revelará» (Rom 8,18).

Apéndice: El reino de Dios en la tradición israelita

     En la religión de Israel, la realeza es un atributo divino muy antiguo, como queda constancia en algunos salmos y textos proféticos del exilio y el posexilio. No obstante no es de los más importantes, frente a otros como la santidad, el poder, la justicia o la fidelidad.
     En general, en los pueblos del área del Próximo Oriente, a la que Israel pertenece, la realeza de los dioses estaba asociada a su calidad de creadores. Por ser el creador, un dios era el rey y señor de la Tierra (y de los otros dioses). Es el caso de Ptah o Re en Egipto, de Marduk en Babilonia o de Yahvé en Israel.
     Una de las consecuencias teológicas más importantes de esta confesión de fe era su dimensión soteriológica: el dios-rey salvaba a su pueblo de los enemigos y de las adversidades en general, velaba por la paz y garantizaba su prosperidad.
     En Israel, la realeza de Yahvé supone, con el paso de los siglos, su señorío sobre todas las naciones, sobre los dioses (finalmente rechazados como ídolos falsos), sobre las fuerzas del mal.
     En los tiempos difíciles de dominio extranjero que precedieron a la época de Jesús, este señorío quedaba en entredicho, por lo que sus fieles creyentes aguardaban de un momento a otro una reacción definitiva de Dios. Yahvé por medio de su mesías iba a imponer su reinado a todas las naciones, colocaría a Israel al frente de ellas y borraría de la faz de la tierra a todos los malvados. Los escritos apocalípticos de estos momentos reflejan claramente estas creencias. Dios manifestaría ante todos los pueblos su poder y su justicia, sometiéndolos a todos, sería un nuevo «día de Yahvé».
     Pero no era esta la única visión, en los escritos rabínicos la instauración de la realeza divina solía estar relacionada con el reconocimiento de su autoridad, quien así lo hacía se sometía a ella. Este sometimiento venía a significar el cumplimiento de la Torá (Ley de Moisés) y tenía, fundamentalmente, una dimensión moralista e individualista. Las reivindicaciones nacionalistas en cambio no son frecuentes en las enseñanzas de los rabinos, que comprendían el «reino de los cielos» más bien en un sentido moral y religioso.
Juan Antonio Mayoral


jueves, 7 de febrero de 2013

Testigos de Dios en el Antiguo Testamento

El 30 de enero de 2013 tuvo lugar en el Instituto Bíblico y Oriental (IBO) de León la conferencia titulada "Testigos de Dios en el Antiguo Testamento", a cargo de Juan Antonio Mayoral.
Los vídeos de esta conferencia están disponibles pinchando aquí.

Basada en la obra de reciente publicación: Los rostros de Dios en la Biblia (BAC 2012)


domingo, 3 de febrero de 2013

MANOS UNIDAS - 2013 - SIN IGUALDAD NO HAY JUSTICIA





MANOS UNIDAS - CAMPAÑA LIV - 2013

PRIMERO

La promoción de la mujer forma parte de la propia identidad de Manos Unidas, como organización fundada, integrada y dirigida mayoritariamente por mujeres. Además, es uno de los cinco objetivos prioritarios en nuestro trabajo. Por eso, financiamos proyectos que dan a las mujeres posibilidades reales de desarrollo personal, familiar y comunitario.

SEGUNDO
Desde el origen de la humanidad, hombres y mujeres descubrimos que la verdadera justicia se edifica en un contexto de comunión, de solidaridad y trabajo común comprometido con la vida de toda la familia humana.

TERCERO
Hoy, la desigualdad y la discriminación que existen entre los hombres y las mujeres contrastan con el orden de justicia y derecho inscrito en el corazón de las personas.
A lo largo de toda su vida, la mujer está más expuesta que el hombre a todas las formas de discriminación:

● La pobreza y el hambre, provocadas por la falta de acceso a los recursos y al mercado laboral, a pesar de que las mujeres producen entre el 60% y el 80% de los alimentos en los países en desarrollo.

● El analfabetismo, que alcanza a más de 500 millones de mujeres.
Campaña LIV - Manifiesto 2013
En Manos Unidas, llevamos más de cincuenta años luchando contra el hambre y la pobreza, y contra las injusticias que las producen, trabajando por el progreso de los pueblos empobrecidos y el desarrollo integral de las personas. Iniciamos ahora la Campaña 54 con el lema “No hay justicia sin igualdad”, centrada en la necesidad de “promover la igualdad entre los sexos y el empoderamiento de la mujer”. (ODM 3)
Con esta Campaña reclamamos el reconocimiento de la igual dignidad de todos, hombres y mujeres.
Queremos crear condiciones de igualdad, de derechos y de acceso a los recursos, en los países
más sufrientes de la tierra. Este es el camino necesario para alcanzar la justicia que construye un mundo verdaderamente humano.

● Las enfermedades y las carencias de atención durante la gestación y el parto, que causan la muerte de 358.000 mujeres al año.

● El abuso en todas sus formas: violación, tortura, maltrato físico y emocional, esclavitud sexual, prostitución, selección sexual prenatal, aborto, mutilación genital, esterilización y maternidad forzadas.
Sin embargo, en los países del Sur, las mujeres son protagonistas de numerosas iniciativas de desarrollo personal, familiar y comunitario. Cuando las mujeres se organizan en asociaciones y cooperativas, recuperan su autoestima y su posición en el progreso, defendiendo sus derechos, los de sus familias y de sus comunidades.

CUARTO
La promoción de la igualdad debe tener en cuenta la especificidad de hombres y mujeres, reconociendo la originalidad de cada uno de ellos y su propia creatividad para generar un desarrollo humano integral y solidario, y no puede ser concebida como un movimiento de lucha entre los sexos, o una batalla solo de las mujeres. Es una tarea mucho más profunda, que requiere el cambio del corazón.
En Manos Unidas creemos que, acabar con las discriminaciones que sufren las mujeres, exige el compromiso de todos por crear relaciones basadas en la justicia, por tanto:

● Exigimos a la comunidad internacional que colabore con la promoción de una justicia que sea verdaderamente reparadora, que sane de los daños generados por los comportamientos injustos de los poderes públicos, de las personas o de la sociedad.

● Exigimos a los agentes económicos justicia en la distribución de los rendimientos del trabajo, retribuyendo a cada uno por la actividad realizada, en función de la valía y la competencia, no en función del sexo.

▲ Reclamamos a las administraciones públicas españolas que promuevan la cooperación con los países más pobres, canalizando con eficacia las expresiones de solidaridad de la sociedad española.

■ Pedimos a los gobiernos que promuevan una justicia que atienda a los derechos y necesidades básicas de cada uno, acabando con todo lo que impide el libre ejercicio de los derechos fundamentales, y abriendo cauces de participación en la vida política a las mujeres.

● Exigimos a los gobiernos que no limiten la inversión en medios educativos que fomenten la igualdad de oportunidades para los niños y las niñas.

▲ Reclamamos a la sociedad civil que defienda el papel de la familia, como germen de la vida y fuente de relaciones solidarias y humanizadoras.

■ Pedimos a la sociedad española un compromiso firme y generoso por el desarrollo integral de todas las personas y de todos los pueblos, para que el mundo camine hacia la verdadera justicia e igualdad entre hombres y mujeres.


“NO HAY JUSTICIA SIN IGUALDAD”

lunes, 21 de enero de 2013

Presentación en la COPE y 13TV de "Los rostros de Dios en la Biblia"

     El pasado 20 de enero fue presentado en la Cadena Cope y en 13 TV el libro Los rostros de Dios en la Biblia, que estamos utilizando en nuestro grupo de reflexión bíblica. Ambas entrevistas están disponibles en estos enlaces:

domingo, 9 de diciembre de 2012

Los evangelios de la infancia de Jesús



1. Los relatos de la infancia

     Los cuatro evangelios que la tradición de la Iglesia, ya desde muy antiguo (s. II), consideró como canónicos, es decir, normativos para la fe de los cristianos, responden a cuatro visiones diferentes (no opuestas, sino complementarias) de la persona y misión de Jesús. El material recogido en ellos responde no a un interés biográfico por el personaje central sino por su significado religioso ante Dios y ante la humanidad. Esto nos permite observar en ellos una doble evolución: Por una parte la determinada por la distribución  “sistemática” del material recogido, y por otra la organización “cronológica”.
     La distribución sistemática de los evangelios se refiere al orden en que se fueron gestando cada uno de ellos; atendiendo en primer lugar a los significados teológicos más importantes de la vida de Jesús, para pasar posteriormente (con el paso del tiempo) a los otros más secundarios. (Secundarios no siempre en el sentido de menor importancia, sino, sobre todo, en el de dependientes de otros más básicos o primarios.)
     La organización cronológica hace referencia a la disposición última de los materiales, que se ordenaron definitivamente en los relatos evangélicos siguiendo un orden cronológico, como es natural, partiendo del comienzo de la vida de Jesús hasta concluir con su muerte y resurrección.
     Pero, mientras los evangelios se iban gestando, los criterios de selección de los materiales era el teológico, y no el cronológico. Así observamos que el núcleo temático que originó los relatos que hoy conocemos como evangelios fue la muerte y resurrección de Jesús. En torno a él se añadieron otros relatos, llamémoslos secundarios, es decir, dependientes en su significado teológico del primero y principal: el acontecimiento pascual. Los últimos materiales que se incorporaron a los relatos evangélicos, y que responden a una preocupación más tardía en la reflexión cristiana de Jesucristo, fueron los relatos de su infancia. Y que aparecen en primer lugar porque, como hemos señalado, la redacción definitiva de los evangelios se estructuró conforme a un criterio cronológico-biográfico.
     Por esta razón que acabamos de exponer se explica fácilmente que el evangelio de Marcos, considerado comúnmente como el más antiguo, carezca de referencia alguna al nacimiento y la infancia de Jesús. Pues, cuando se terminó de componer, aún no había surgido en la comunidad del evangelista esta preocupación por sus orígenes. Y que cuando se escribe el evangelio más tardío, el de Juan, este interés no se centre ya, como en los casos de Mateo y Lucas, algo más antiguos, en el origen terreno de Jesús, en su concepción, sino que vaya más aún allá en el tiempo y se remonte hasta su preexistencia junto al Padre desde el origen de los tiempos.

2. )Cómo comprender los relatos de la infancia?

     Estos relatos, como el resto de los que forman los evangelios y, en general, todos los escritos bíblicos, pueden leerse desde claves diferentes: histórica, literaria, teológica... Todas ellas son válidas, pero no todas expresan la “verdad” que los autores nos han intentado transmitir. Por ejemplo, si los evangelistas tuvieran la pretensión de ser historiadores, habría que tomar al pie de la letra los datos históricos que nos ofrecen. Pero no son historiadores, son teólogos. Y por tanto lo que ellos nos quieren dar a entender es una “verdad teológica”. A qué primera conclusión nos lleva esta afirmación: A que los relatos de la infancia no nos cuentan cómo transcurrieron los primeros años del niño Jesús, sino qué afirmaba la comunidad cristiana de Jesucristo, muerto y resucitado (no perdamos nunca esta perspectiva pascual), ya desde los orígenes de su vida (o incluso desde antes, si nos referimos al cuarto evangelio).
     Lo que se cuenta del Jesús niño está al servicio no de un interés histórico: )qué le ocurrió en su infancia?, sino teológico: )quién era respecto a Dios y a la humanidad este hombre ya desde su infancia?
     Y esto que se quiere decir de Jesús se dice de un modo muy concreto, conforme a una “forma literaria” muy determinada. Y distinta en cada uno de los evangelistas, por eso resultan relatos tan diferentes.

3. El origen de Jesús según san Mateo

     Titulamos así este apartado porque esta sería la verdadera finalidad de Mateo en la parte inicial de su evangelio. El evangelista tiene una idea muy clara (teológica, no lo olvidemos nunca) que quiere transmitir a su comunidad cristiana (formada originariamente en el judaísmo, tampoco hemos de olvidarlo): Jesús es el Mesías esperado, el nuevo David, en quien se cumple definitivamente la promesa hecha a Abrahán; es también el nuevo Moisés, pues, como él, establece la Ley del nuevo pueblo de Israel, a quien ha sacado del reino de las tinieblas, de la esclavitud del pecado, para conducirlo al reino de los cielos.
     En los dos primeros capítulos de su evangelio, Mateo reescribe todo el acontecimiento pascual en otra clave: el pueblo de Israel esperaba que Dios cumpliera las promesas anunciadas por sus profetas, en Jesús se cumplen estas promesas.
     Si el evangelio fuera una composición musical, podríamos decir que esta es la clave que permite interpretar los signos de la partitura y formar con ellos una melodía armoniosa. Si a los textos les aplicamos otra clave (pongamos la historicista), la melodía que resulta es, por una parte, distinta a la que Mateo quería interpretar y, por otra, absolutamente disonante.
     Y el pentagrama en el que Mateo nos dejó sus notas es una forma literaria muy precisa y hoy bastante conocida para los exegetas, se trata del midrás pesher. Un midrás es, en general, un método de interpretación de la Escritura que empleaban los rabinos de la época del evangelista, y también el resultado, la interpretación, que se deducía del empleo de ese método. En ocasiones tenían tintes apocalípticos, por lo que es común el recurso literario a visiones y apariciones de ángeles. En este sentido, la apocalíptica suele anunciar algo bajo la forma de una comunicación divina a algún personaje del pasado. De modo que, lo que está sucediendo y va a suceder aparece como algo ya “predicho”. Ahora tiene lugar su cumplimiento.
     Había diversos modos de realizar el midrás. Los más generales son dos: la agadá, que consistía en una narración edificante centrada en un personaje relevante cuya vida había sido ejemplar (algo parecido a nuestras vidas de santos), y la halaká, que eran narraciones de las que se deducían normas ético-jurídicas para la conducta de los individuos y de la comunidad. Ambas perspectivas, exhortación y normativa, procedían de una interpretación (exégesis) de los textos de la Escritura.
     Y junto a estos dos tipos más generales, había otros más específicos, uno de ellos era el midrás pesher, es decir el midrás de cumplimiento. Que consistía en investigar-interpretar las Escrituras en vistas a descubrir cómo sus promesas se estaban cumpliendo, o se iban a cumplir próximamente, en el presente. Mateo, para sus relatos de la infancia de Jesús, emplea este tipo de midrás, por eso tiene tanto interés en mostrar que en Jesús se cumplen las Escrituras; lo llega a indicar hasta cuatro veces en los relatos de la infancia: 1,22s; 2,15; 2,17s; 2,23 (y otras seis veces más en el resto del evangelio: 4,14-16; 8,17; 12,17-21; 13,35; 21,4s; 27,9s).
     )Y qué es lo que se cumple en Jesús?

a) Jesús es el nuevo David

     El pueblo de Israel esperaba la irrupción en la historia de un tiempo final, caracterizado por la paz, la gloria, que sería inaugurado por un nuevo David, un mesías; esta vez ya el definitivo: el Mesías. De vez en cuando surgía algún que otro personaje que decía ser este Mesías, había quienes le seguían. Pero sus pretensiones quedaban frustradas. Aparentemente Jesús fue uno de ellos. Visto desde fuera así era: el Mesías no podía morir, y él había muerto, y además de un modo ignominioso en una cruz (véase Mt 27,37-42).
     Pero los discípulos lo vieron después vivo, con una existencia diferente a la de los demás vivos de este mundo, pues Jesús no revivió, sino que resucitó a una existencia espiritual-corporal nueva, plena. Ahí fue donde descubrieron de verdad que Jesús era el Mesías. Lo habían esperado antes, pero su muerte había frustrado esta esperanza; ahora comprenden cuál era su auténtico mesianismo. Un mesianismo que estaba ya latente desde los orígenes, pero su corazón aún no lo había comprendido.
     En su evangelio, Mateo va a narrar no la infancia de Jesús, sino su condición mesiánica manifestada ya desde los orígenes (aunque veladamente). No lo que le pasó de pequeño, sino quién era y lo que era ya desde su nacimiento. Veamos cómo lo hace.

     * En primer lugar diciéndonos que Jesús es descendiente de David y de Abrahán (1,1-17). La promesa hecha por Dios al patriarca es el punto de partida, la realización a través de su descendencia el de llegada. Jesús es quien lleva a plenitud la bendición de Dios prometida a Abrahán para su descendencia y, por medio de ella, para todas las naciones.
     Entre Abrahán y David señala el evangelista catorce generaciones, entre David y el destierro en Babilonia otras catorce y entre el destierro y Jesús también catorce. )Se trata de un dato histórico? )Fueron realmente catorce las generaciones que hubo en cada período? Ciertamente no, pues, como podemos observar, se ha saltado en la lista algunos monarcas israelitas que aparecen en el libro de los Reyes. )Por ignorancia? No, pues están claramente en los textos de la Escritura. La razón un claro motivo teológico. La lengua hebrea no tiene números, las letras mismas tienen valor numérico. Y las letras del nombre “David”, suman exactamente catorce (este era un recurso muy frecuente en la exégesis judía de la época). Así que por este artificio literario, velado para los lectores de hoy, pero evidente para los de aquella época, el evangelista está diciendo, por tres veces, que Jesús es el nuevo y definitivo David.

     * Y esta idea se concreta después en el nacimiento de Jesús, que, sorprendentemente, no se narra (esto lo hará Lucas). En este relato (1,18-25) el protagonismo lo tiene José, no María. Es a José a quien un ángel le habla en sueños. )Y por qué se fija Mateo en José y no en María? La respuesta la tenemos en las primeras palabras del ángel: “José, hijo de David, no tengas reparo en recibir en tu casa a María”. Por medio de José es como el evangelista vincula de nuevo a Jesús con la dinastía de David. Además es a él a quien le corresponde poner el nombre a “su” hijo: “le pondrás por nombre "Jesús", porque él salvará a su pueblo de sus pecados”.
     Los dos encargos del ángel son cumplidos por José (vv. 24-25) y de este modo, por su medio, el plan de Dios se cumple y sigue adelante.

b) Jesús, bendición para todas las naciones

     Esta es la promesa hecha a Abrahán que Jesús, su descendiente (1,1), lleva a su verdadero cumplimiento. Y para expresar esta creencia tan importante en los comienzos de la Iglesia (recordemos las tensiones entre los judaizantes y Pablo, por ejemplo), el evangelista compone un relato en el que desde Belén, y no desde Jerusalén, Dios hará brillar la luz que ha de iluminar todo el orbe de la tierra. Su luz alcanzará hasta los lugares más remotos, y desde allí acudirán y venerarán al Mesías de Dios.
     Esta dimensión universal del mesianismo de Jesús se recoge en el pasaje de lo magos de Oriente (de los que Mateo no nos dice que fueran reyes, esta asociación vendrá después por la influencia de los evangelios apócrifos). Y en este relato se establece un juicio, que será el que de verdad se realice en la Pascua de Jesús.
     Jesús nace en Belén, pueblo natal de David. La autoridad política judía (Herodes) aliada con la religiosa (maestros de la Ley) buscan su muerte. (Se anticipa ya a los orígenes el desenlace dramático de la vida de Jesús.) Su pueblo lo rechaza (véase Jn 1,11), en cambio las naciones paganas lo reconocerán con Hijo de Dios (ver también Mt 27,54), cuya vida entregada salvará a la humanidad. Este es el significado del relato de la adoración de los magos, y el de sus ofrendas: el oro por su realeza, su mesianismo, el incienso por su divinidad, la mirra por ser el perfume empleado para embalsamar a los muertos. Los cristianos reconocen en Jesús el Rey o Mesías esperado (oro), el Hijo de Dios (incienso), que ha ofrecido su vida en la cruz (mirra).
     El recurso literario a una estrella es normal si tenemos en cuenta que los magos de Mesopotamia (“Oriente”) eran famosos por descifrar los designios divinos leyendo en el cielo los movimientos de los astros. La lectura que algunos hacen hoy diciendo que se trataba de un cometa que se acercó a la tierra cuando nació Jesús está fuera de lugar, carece de sentido. El dato mateano está en otra clave.

c) Jesús es el nuevo Moisés

     Finalmente el evangelista compara a Jesús con el gran legislador (2,13-23). Lo hará en más de una ocasión a lo largo del evangelio. Y para ello se fija en algunos pasajes de la vida del libertador. Y, al igual que Moisés se libró milagrosamente de la persecución a muerte dictada por el faraón, y tuvo que salir de Egipto para regresar después y salvar al pueblo, así Jesús escapó de la pretensión homicida de Herodes, huyó a Egipto, permaneció allí un tiempo indefinido, hasta que murió Herodes, y regresó posteriormente a Palestina, instalándose sus padres en Nazaret. Al llegar a este punto el evangelista interrumpe la secuencia de su relato, que se retoma de nuevo cuando Jesús comienza su vida pública.
     Nada que decir de su infancia. Ningún hecho relevante a juicio de Mateo en los años que precedieron a la predicación de Jesús. Pero ahora ya están sentadas las bases con las que iniciar el relato de su actividad salvadora. Se nos ha dejado bien claro quién era: el Hijo de Dios, descendiente de Abrahán y de David, que viene a salvar a su pueblo, a inaugurar, como un nuevo Moisés, el esperado reino mesiánico, que habrá de ser universal, pues todas las naciones lo reconocerán como el salvador.

4. El nacimiento de Jesús según san Lucas

     El evangelio de Lucas ha adoptado una forma diferente para conseguir el mismo resultado: remontar a los orígenes de Jesús las creencias teológicas que la comunidad cristiana tenía de él tras el acontecimiento pascual. Y en su presentación ha elegido una forma distinta a la que hemos visto en Mateo. Por ejemplo, Lucas no se fija mucho en José, su comunidad no es de formación judía y no le interesa tanto destacar la línea de heredad típica del judaísmo; en su genealogía Cdesplazada al final del cap. 3C tampoco se remonta hasta Abrahán, patriarca de Israel, sino hasta Adán, padre común de toda la humanidad; se omiten pasajes que en el primer evangelio son esenciales: visita de los magos, huida a Egipto, matanza de los inocentes..., no hay ninguna referencia, implícita o explícita, que permita relacionar a Jesús con Moisés, esto no diría nada a los lectores de Lucas cuyo ambiente religioso es muy distinto al de los de Mateo. Pero en cambio se relata la anunciación a María, el nacimiento mismo de Jesús, una aparición de ángeles a unos pastores, etc. Veamos cómo transcurre el relato lucano.
     Aunque la comunidad de Lucas no es de formación judía, él sí emplea en muchas ocasiones el recurso al AT y a sus formas literarias para expresar la fe en Jesús que él tiene y formar en ella a sus lectores. Así, en el caso de los relatos de la infancia de Jesús utiliza un modelo veterotestamentario: los anuncios de nacimientos (véase Gén 16,11s; 17,19s; Jue 13,3-5; Is 7,14-17), que siguen un esquema típico constituido por cuatro elementos: 1) concepción, 2) nacimiento, 3) imposición del nombre, y 4) futuro del niño. Y junto a esto encontramos también en Lc los elementos típicos de los relatos de vocación, cuatro también: 1) llamada de Dios y misión, 2) objeción del llamado, 3) rechazo divino de esta objeción, y 4) signo de confirmación de la llamada (haya sido pedido o no). (Véase, por ejemplo, Jue 6.) La señal dada no autentifica la aparición, que en ningún momento se pone en duda, sino el envío; su función es confirmar la misión.
     El evangelista utiliza estos recursos literarios y los inserta en un marco más amplio que sirve de pórtico a su evangelio: el nacimiento de Jesús. Y para presentar el nacimiento de Jesús se sirve de un paralelismo muy propio de su cultura helenista: la comparación. Lucas compara dos nacimientos, el Juan Bautista y el de Jesús. El resultado de esta comparación es favorable, lógicamente, a Jesús. Igualmente sucederá con María, cuya fe y misión resulta superior a la de Zacarías, padre de Juan. Por esta razón observamos que en el relato lucano hay dos anunciaciones (1,5-25 / 1,26-28), dos concepciones (1,24s / 1,35), dos nacimientos (1,57s / 2,6s), dos circuncisiones (1,59 / 2,21) y dos sumarios finales sobre los primeros años de cada niño (1,80 / 2,52).
     Estos relatos suponen para el conjunto del evangelio un prólogo cristológico, y como tal están ligados con la parte final. Así, las primeras palabras puestas en boca de Jesús (2,49) están relacionadas con las últimas (23,46); ambas se apoyan en una misma idea: su filiación divina.
     Dios revela, por medio de voces proféticas, las de Isabel y Zacarías C“llenos del Espíritu Santo”C (1,41-43; 67ss) y las de Simeón y Ana (2,25-38), la realidad auténtica de Jesús, que permanece oculta a los ojos humanos.
     No estamos, como en Mt, ante un midrás pesher; ni se nos cuenta la historia del nuevo Moisés, en referencia a retazos históricos de la vida del antiguo Moisés. Lucas escribe sobre el origen divino de Jesús y su misión sirviéndose de los patronos que obtiene del AT.
     Mateo construyó con su evangelio de la infancia una agadá de Jesús-Moisés, en la línea de la interpretación judeo-cristiana. Lucas expresa la comprensión que de Jesús tiene una comunidad heleno-cristiana. Y se sirve para ello de un recurso literario muy popular en el mundo helenístico de la época: el mencionado paralelismo.
     Como el relato lucano es más amplio que el de Mateo destaquemos tan solo algunos pasajes más significativos.

a) Jesús, el Hijo de Dios

     La narración de la infancia de Jesús comienza con el anuncio del nacimiento de Juan Bautista (1,5-25). Su concepción es milagrosa, pero no tanto como será la de Jesús.
     Gabriel, el mensajero de Dios a quien ya conocemos de Dn 8,16 y 9,21, se aparece a Zacarías y le anuncia el nacimiento de un hijo suyo. Zacarías, ya anciano y casado con una mujer también anciana y estéril, duda de su palabra. Pero, a pesar de la duda, el milagro se obrará porque es Dios quien va a realizarlo. El caso de María contrasta por la confianza puesta en las palabras del ángel. (La pregunta sobre cómo podrá ser eso es retórica, la requiere el esquema de anuncio de nacimiento que está empleando Lucas.) Toda la tensión del relato se descarga al final en el fiat mariano, pero lo verdaderamente importante son las palabras previas del mensajero: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Dios altísimo te envolverá. Por eso, el niño que ha de nacer será santo, será Hijo de Dios”. Ahí es adonde quería llegar el evangelista. Todo un complejo binomio de anunciaciones para terminar proclamando a Jesús como el Hijo de Dios, concebido no por obra de varón, ni siquiera por un varón santo, sino por el Espíritu Santo.
     Y este niño, cuyo nacimiento se anuncia a María, es fruto del cumplimiento de las promesas divinas, viene a ser la manifestación escatológica, definitiva, de Dios. Por eso: “Él será grande, será Hijo del Altísimo. Dios, el Señor, le entregará el trono de su antepasado David, y reinará eternamente sobre la casa de Jacob. Su reinado no tendrá fin”.

b) Alabanza de María

     En el contexto de la visita de María a Isabel se coloca la alabanza del Magníficat, que es un mosaico de textos del AT con la forma de un salmo de acción de gracias. Probablemente se inspire en el canto de Ana, madre de Samuel (1 Sam 2,1-10), y canta, en síntesis, la acción misericordiosa de Dios que llena de riquezas a los pobres y cumple fielmente sus promesas.
     Desde el punto de vista literario es difícil que represente las auténticas palabras de María. (No hay ninguna referencia explícita al nacimiento del mesías, algo extraño después de la anunciación.) No obstante, la opinión de los investigadores se divide. Es posible que sea un himno cristiano primitivo, tal vez de origen judío, que haya sido retocado por el evangelista y puesto después en boca de María.
     Los beneficiarios de la acción divina son los anawim, los humildes. Término que tendría un sentido más religioso que económico, al que englobaría en la mayoría de los casos; se trataría de los que tienen plena disposición y dependencia de Dios (véase Sof 2,3; 3,11s). Sin duda habría que situar a María en este grupo.
     En el canto se pueden distinguir cuatro secciones (46-55): a) acción de gracias por los beneficios personales (46-48); b) misericordia de Dios hacia los que lo temen (49-50); c) actuación divina en favor de los humildes (51-53), y d) amor de Dios por Israel (54-55).
     El cántico se cierra con el v. 56, que sirve de sutura a la escena. Parece como si María, en su visita, dejase a Isabel justo antes de dar a luz. Lo que se hace más bien es concluir, retóricamente, un episodio; algo típico de Lucas, que nunca abre una nueva escena sin haber concluido la anterior.

c) Alabanza de Zacarías

     Al nacimiento de Juan le sucede la alabanza de su padre: el Benedictus (1,68-79), que es una cadena de citas y alusiones veterotestamentarias cuyo origen está probablemente en un salmo independiente al que Lucas habría adaptado a esta nueva situación y puesto en boca de Zacarías.
     Su estructura literaria se centra en el binomio alianza-juramento de los versos 72-73. El resto del canto forma después un cuadro simétrico en torno a este eje.
     El himno comienza con la acción salvadora de Dios que ha visitado a su pueblo. Visita que en este momento va a ser la misión del mesías. A la mención de la visita le sigue la idea del anuncio-cumplimiento. La salvación que había sido anunciada por los profetas y que hoy se cumple. Así, lo que va a suceder no es un hecho fortuito, sino que responde a un plan perfectamente proyectado y anunciado por Dios.
     Los versos 72-75 forman la estrofa más larga, que gira en torno al binomio promesa-liberación. La venida del mesías está en relación con la promesa divina a Abrahán. La salvación anunciada se corresponde con la alianza.
     Finalmente la atención se centra en la misión de Juan, que debe preparar los caminos del Señor, los caminos “espirituales”, pues el Señor llega. (La llegada de este niño da cumplimiento a la profecía de Mal 3,1.) La misión de Juan debe conducir al perdón de los pecados. Los tiempos mesiánicos serán posibles cuando se obre la reconciliación entre el hombre y Dios. Juan la anunciará y preparará; Jesús, el mesías, la llevará a cabo. El mesianismo de índole política queda de este modo totalmente descartado.

d) Nacimiento de Jesús

     Augusto fue emperador de Roma entre los años 30 a. C. y 14 d. C. Frente a la gran propaganda imperial de la pax augustea, Lucas anunciará la pax Christi (2,14). De este modo, el nacimiento de la nueva era no tiene su origen en Roma, la gran urbe, sino en Belén, la pequeña ciudad de David.
     El evangelista organizará toda la historia para hacer que toda ella confluya en el nacimiento de Jesús en Belén. Para lo cual busca un motivo por el que José tuviera que trasladarse desde Nazaret hasta la ciudad de David: el empadronamiento de todos los hombres del imperio.
     El lugar físico donde nació de Jesús, )una cueva?, motivo central para nuestros “nacimientos navideños”, es algo que no preocupa demasiado al evangelista. Hay que tener en cuenta que las casas pequeñas de la época tenían una única habitación, pegada a una cueva que servía de establo (aún las hay así en la actualidad).
     El relato del nacimiento es escueto y evita cualquier sentimentalismo (soledad de una madre primeriza, nacimiento en una cueva por negarles posada, etc.). Estas lecturas son ajenas al contexto del relato y proceden de épocas históricas posteriores.

e) Presentación en el templo

     Conforme a la ley de Moisés, el niño debe ser llevado al templo y “rescatado”. Pero el acento no se pone en el hecho mismo de la circuncisión/presentación, sino en los dos episodios proféticos que la acompañan (2,21-38). De hecho el pasaje no responde a la idea del sometimiento de Jesús, como todo israelita, a lo exigido por la ley (Gál 4,4), sino que todo él se orienta a la intervención de Simeón y Ana, es decir, al reconocimiento por las dos figuras proféticas de su mesianismo. En paralelismo con el nacimiento de Juan, tendríamos las palabras de Zacarías frente a las de estos dos ancianos.
     Según la Ley, todos los primogénitos, tanto de animales como de personas, debían ser consagrados a Dios, en reconocimiento de la soberanía divina y como recuerdo de la salida de Egipto. Los animales debían ser sacrificados, pero no los niños, cuyas vidas debían ser rescatadas, ofreciendo por ellas unos dones en el templo.
     La centralidad del pasaje está pues, como hemos dicho, en las palabras de Simeón y Ana. Las actitudes del primero son las que, iluminadas por el Espíritu Santo, van a permitirle descubrir la verdadera identidad del niño, de modo que, al verle, alabe a Dios. Esta imagen sirve de marco para el cántico que viene a continuación, conocido en la liturgia como Nunc dimittis, una alabanza a la fidelidad divina manifestada ahora en el nacimiento de este niño, que es “luz que se manifiesta a las naciones, y gloria de tu pueblo Israel”. De nuevo un recuerdo de la misión universal de Jesús (que en Mateo se expresó mediante el episodio de los magos).
     Y a la intervención de Simeón le siguen las palabras de Ana, una profetisa viuda muy anciana, que servía a Dios en el templo. Ella también “se puso a hablar de Jesús a todos los que esperaban la liberación de Jerusalén”.
     Dos ancianos son los instrumentos de los que el evangelista se sirve para revelar la verdadera identidad de aquel niño. Lucas, sensible siempre a los pobres, ha querido acentuar la predilección divina por este tipo de personas que, sin ninguna trascendencia social, esperan confiada y fielmente su intervención salvadora; algo similar a lo que podemos observar en el pasaje del anuncio de los ángeles a los pastores (2,8-20).

5. Los relatos apócrifos del nacimiento y la infancia de Jesús

     Los datos que sobre el nacimiento y la infancia de Jesús nos ofrecen los evangelios canónicos (Mateo y Lucas) son muy escasos. Esto por dos motivos fundamentales: primero, la centralidad del mensaje cristiano está en el acontecimiento pascual, y segundo, el interés por los orígenes de Jesús es tardío. Con el tiempo, la reflexión cristológica sobre su divinidad, la necesidad de conocer más sobre su biografía, de llenar las lagunas de los años de vida oculta, y las exigencias intrínsecas de la religiosidad popular hicieron que se prestara mayor atención a estos temas, surgiendo en torno a ellos una amplia literatura cargada de gran imaginación y piedad. Con ellas se pretendía también salir al paso de ciertas posiciones erróneas, heréticas, que empezaban a surgir en las comunidades cristianas.
http://bac-editorial.com/ficha.nueva.2013.php?id=12977     Estos escritos circularon durante mucho tiempo por las diferentes comunidades, pero al no emplearse en la liturgia y no adquirir la categoría de textos canónicos se fueron quedando en olvido. Hoy, algunos de estos libros se han recuperado, pero otros se han perdido quizá para siempre.
     De entre esta literatura caben destacar, por su influencia en la piedad popular, el Protoevangelio de Santiago, de mediados del s. II, y el llamado Evangelio del Pseudo Mateo, más tardío ya, probablemente de mediados del s. VI. La influencia de ambos en la literatura y el arte es notoria.
     El Protoevangelio de Santiago narra la vida de María, menciona a sus padres (Joaquín y Ana, que la concibieron siendo ya mayores), su educación hasta los doce años en el templo, su posterior matrimonio con José, un viudo, padre de varios hijos, la anunciación de Gabriel, el nacimiento de Jesús en Belén, la huida a Egipto y el asesinato de Zacarías, padre de Juan Bautista, por Herodes.
     El Evangelio del Pseudo Mateo es digno de mención ahora porque, entre otras cosas, se recoge en él una tradición, muy antigua, que ha quedado piadosamente plasmada en nuestras representaciones del nacimiento: la presencia de un buey y un asno junto al niño Jesús. Se narra, además, la estancia de la sagrada familia en Egipto y la infancia de Jesús. Sobre los citados animales se dice lo siguiente: “Tres días después de nacer el Señor, salió María de la gruta y se aposentó en un establo. Allí reclinó al niño en un pesebre, y el buey y el asno le adoraron. Entonces se cumplió lo que había sido anunciado por el profeta Isaías: «El buey conoció a su amo, y el asno el pesebre de su Señor»”.
     Cabe citar también un último ejemplo en el Evangelio armenio de la Infancia, posterior al s. VI, y que se sirve de relatos anteriores, principalmente del Protoevangelio de Santiago y del Evangelio de la infancia de Tomás. En este apócrifo se mencionan los nombres de los magos que adoraron a Jesús, de los que se dice además que eran reyes. Se trataba de Melkon, rey de los persas, Baltasar, de los indios, y Gaspar, de los árabes. Otros textos recogen en cambio otras tradiciones, y fijan en cuatro y hasta en doce y quince el número de los magos. Otros también ofrecen nombres diferentes para ellos: Tanisuram, Malik y Sissebâ, dejándonos en la ignorancia de saber si eran o no reyes.
 Juan Antonio Mayoral